Viernes, 27 de Junio del 2025

El mejor artista visual argentino vivo

 Tomó su taza de té, esa que le habían regalado quién sabe dónde. La inscripción en la taza se había borrado y se podían ver sólo algunas letras separadas difíciles de leer. Se adivinaban una  “A, d, E, I” pero otra persona podría ver otros caracteres. No sé a qué localidad se refiere, quizás era cuestión de ver qué localidades coincidían con las letras que se adivinaban, pero como las letras podían diferir de quién las estuviera viendo la tarea se tornaba empinada, sosa, y ni yo ni el mejor artista visual argentino vivo estamos para esas cosas. Entonces él agarró su taza y vio que el interior estaba oscurecido por la borra del té, formando manchas ocres en todo el interior, de más o menos intensidad según se alejaban del fondo. No le dio importancia. Le puso el saquito de té y luego vertió el agua hirviendo.

Esperó. Sabía que debía esperar de tres a cinco minutos a que el té estuviera listo. Se distrajo o focalizó en otra cosa que para el caso es lo mismo. Quizás una perspectiva desvencijada, el chato tronco de un árbol pintado o el tono de piel de una mujer, pero resulta que cuando se acordó de su taza el agua estaba fría y el té potente, negro, intomable. Así es como las tazas se iban manchando. Así es como el tiempo para el mejor artista visual argentino vivo iba pasando, hasta que muriera y entonces ya no fuera tal.