Charla en un bar (oleo sobre realidad)
Él estaba en la mesa de adelante, la única que está junto a la ventana en esa parte del bar. El plato del día era Filet a la Romana, que yo había cambiado por una milanesa con papas fritas. Ahi se dio vuelta y me comentó que el pescado estaba muy bueno, muy bien servido y más barato que en San Miguel del Monte, donde vivía. Le respondí que justo había cenado pescado la noche anterior. Entendió mis razones. La charla de mesa a mesa había comenzado.
“Lo peor de llegar a esta edad es la soledad, los hijos se fueron, están con sus cosas… Lo peor es a la tardecita, ése sentimiento de soledad no se lo deseo a nadie”, dijo como con resentimiento sentado contra la ventana. Luego aclaró que era viudo, jubilado, tenía 78 años y vivía solo. Se me ocurrió recomendarle que hiciera alguna actividad, algún deporte, pero me miró como se mira a quien ha dicho algo fuera de lugar o tiempo.
Luego, de la nada, comenzó a filosofar sobre la muerte, quizás porque ya la intuía cerca.
“Algo tiene que haber después… tiene que existir algo luego, porque la naturaleza es sabia…” Lo decía como seguro, como resistiendo la idea de que la vida sólo tuviera un final y luego la nada más absoluta. Movía la cabeza pensando, como buscando una respuesta
“La naturaleza es sabia…” repitió mirando hacia adelante y finalmente agregó: “pero la vida es corta, muy corta.”
Por momentos recordaba su trabajo o lo que hacía, pero no dando detalles, ya que al fin y al cabo estaba hablando con un desconocido en un bar. Me reveló que habia conocido al anterior dueño, el gallego, y “al hijo que murió” y cuando el lugar tenía detrás de la barra una despensa.
Al finalizar su flan con dulce de leche y su botella de litro de vino tinto se fue. Se iba para Monte, me dijo.